¿Qué pasará si bajamos del medio millón de empleos anuales?

Los datos de la EPA del primer trimestre muestran la traslación al empleo de la fase de desaceleración del ciclo económico que comenzó hace casi dos años tanto en España como en otras grandes economías desarrolladas. La ocupación es una variable atrasada del ciclo económico o, dicho de otro modo, va detrás del crecimiento del PIB. En este sentido, la previsión de que la creación de nuevos puestos de trabajo se sitúe en 2026 en torno al 2% en términos desestacionalizados va siendo una realidad (la tasa compuesta acumulada de los últimos cuatro trimestres está en el 1,6% anual), incluso teniendo en cuenta que en los próximos trimestres los números puedan mejorar, especialmente, con el empleo público.

En el primer trimestre, en cifras redondas, se produjo una destrucción de 170.000 empleos y una entrada neta en población activa de 60.000, lo cual ha llevado a un incremento del paro de 230.000 personas. Hay que remontarse casi una década atrás (exceptuando el COVID) para encontrar un dato trimestral de ocupación. Y podría haber sido peor si no se hubieran creado 21.100 empleos públicos, los cuales ya suman 3.662.500, máximo histórico en la serie de la EPA. En términos anuales acumulativos y corregidos de estacionalidad, tanto la ocupación como la población activa han desacelerado notablemente con respecto al cierre de 2025. En el primer trimestre estamos creando en términos anuales algo más de 530.000 ocupados (600.000 en el cuarto trimestre de 2025), mientras que la población activa sube a razón de algo más de 440.000 (casi 500.000 en diciembre).

Tomando la tendencia de los últimos cuatro años, la cifra clave es el medio millón de ocupados adicionales cada año. Por mucho que el Gobierno quiera vender como un éxito las cifras mensuales de afiliación a la Seguridad Social (los 22 millones de afiliaciones, que no de afiliados), de seguir el flujo de entrada de personas que hasta ahora se ha producido en población activa (algo por encima de los 400.000), el mercado laboral no será capaz de absorberlo y, en consecuencia, la tasa de desempleo empezará a subir. La primera señal es esta EPA del primer trimestre de 2026, pero será necesario ver lo que ocurre en los próximos trimestres para poder trazar una línea de puntos que nos permita ver con claridad la tendencia.

Lo que sí sabemos hasta hoy es la “facilidad” a la hora de crear nuevos ocupados en las estadísticas oficiales, producto de trocear casi sin límite las jornadas de trabajo y la proliferación de un fenómeno también hasta la fecha imparable como es el número de ocupados con relación laboral pero que no trabajan ni una sola hora en la semana de referencia. A falta de que el INE ponga en su base de datos de manera accesible y como estaba hasta la fecha la estadística de horas trabajadas y ocupados por horas efectivas semanales trimestrales, tomando los datos guardados de antes de este primer trimestre, lo que vemos es que el número medio de horas efectivas semanales trabajadas por todos los ocupados en el primer trimestre de 2026 fue de 32,2. Son 0,3 horas menos que en el mismo período del año anterior.

La media de los cuatro trimestres del año 2025 dio para todos los ocupados (con independencia de si han trabajado o no) 31,7 horas efectivas a la semana. En el caso de los asalariados del sector privado, el número de horas efectivas es aún menor: 31,3. Yendo a la recopilación de datos anuales al cierre de 2025, vemos que hay 1,76 millones de asalariados del sector privado que han hecho cero horas efectivas de trabajo y 589.000 asalariados públicos en la misma situación. Dentro de estos números está el absentismo, pero también la proliferación de problemas asociados a la salud o al bienestar del trabajador que causan pérdidas millonarias y que, hasta la fecha, para buena parte de los sectores productivos se “encubre” con más contratación que tan rápido se crea como se destruye y figuras como la del fijo discontinuo.

No es posible saber hasta qué punto es posible sostener esta conducta, teniendo en cuenta las consecuencias severas sobre la productividad, los resultados empresariales, la inversión y, en última instancia, el empleo. Lo que sí es evidente es que la capacidad de los sectores productivos no es infinita para rellenar huecos con personas recién incorporadas a la población activa (jóvenes, inmigrantes o personas que venían de la inactividad), más aún empezando a ver las consecuencias de la IA en ciertas actividades del sector servicios que está llevando a ajustes del empleo.

Para la política económica, bajar del medio millón de ocupados manteniendo el flujo de población activa (ya por encima de los 25 millones de personas) es un problema no sólo económico sino, sobre todo, político.