El cerco invisible a la joya del porcino español
Durante más de treinta años, España había logrado lo que pocos países ganaderos europeos: mantener a raya la peste porcina africana (PPA), una de las enfermedades animales más devastadoras del mundo. Tres décadas de blindaje sanitario parecían suficientes para pensar que el sistema funcionaba. Pero bastaron unos jabalíes muertos en el entorno metropolitano de Barcelona para que el andamiaje volviera a crujir. No es solo una alerta veterinaria: es un aviso económico en toda regla.
La Unión Europea reaccionó con rapidez tras confirmarse los positivos en fauna salvaje, delimitando varias comarcas catalanas como zona infectada y activando restricciones de movimiento de animales. La lógica sanitaria es conocida: la PPA no distingue entre fronteras administrativas y suele avanzar empujada por errores humanos, por el contacto con fauna silvestre y por la permeabilidad de espacios rurales cada vez menos controlados. El problema es que su impacto real no se mide únicamente en animales sacrificados, sino en contratos suspendidos, mercados cerrados y reputación exportadora dañada.
Gráfico 1: Número de casos de peste porcina africana en cerdos en la Unión Europea (14/07/2025)

El sector porcino español no es cualquier sector. Con una facturación exterior cercana a los 9.000 millones de euros en 2024, España es el primer productor de la UE y uno de los grandes actores mundiales. Se exporta cerca del 60 % de todo lo que se produce. Aragón y Cataluña concentran el grueso de la cabaña, con provincias muy especializadas que viven directa o indirectamente del cerdo como Zaragoza o Lleida. La PPA, incluso contenida en jabalíes, amenaza esa arquitectura productiva con un tipo de daño especialmente peligroso: el comercial.
Los primeros vetos no tardaron en llegar. Países terceros han reaccionado cerrando por completo o parcialmente sus fronteras al porcino español. Algunos han aplicado la llamada “regionalización”, restringiendo solo las zonas afectadas; otros, directamente, han suspendido todas las compras por precaución. En el corto plazo, eso ya supone pérdidas millonarias para integradoras, mataderos e industrias auxiliares. En el medio, introduce un factor de desconfianza que cuesta meses —a veces años— revertir.
Gráfico 2: Evolución de las exportaciones de porcino en Europa. Primer trimestre de 2025

Aquí surge la gran paradoja del modelo español. Sobre el papel, nuestro sistema productivo está mejor preparado que el de otros países europeos para resistir la PPA. La ganadería intensiva, altamente integrada, con grandes explotaciones profesionalizadas, controles de acceso, trazabilidad de piensos, duchas sanitarias y movimientos de personal vigilados, es estructuralmente más resistente al virus que los modelos extensivos y dispersos del este de Europa. Así lo viene señalando desde hace años la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.
Además, el peso de los grandes integradores ha creado una red industrial sofisticada, con músculo financiero, asesoramiento técnico permanente y una disciplina sanitaria superior a la media europea. Ese es uno de los secretos del éxito exportador español. Pero ese mismo éxito tiene una grieta que ahora vuelve a hacerse visible: la frontera entre el mundo salvaje y el mundo productivo.
El jabalí se ha convertido en el auténtico vector crítico del sistema. Su expansión descontrolada en las últimas décadas no es un fenómeno exclusivamente español, pero aquí ha sido especialmente tolerado. La fauna salvaje ha colonizado entornos urbanos, periurbanos y agrícolas sin que se haya hecho un análisis riguroso del coste sanitario y económico de esa convivencia forzada. Hoy, la PPA entra casi siempre por ahí. No por la granja moderna, sino por el descontrol exterior que acaba saltando cualquier valla física.
España ha invertido miles de millones en bioseguridad dentro de las explotaciones, pero ha sido mucho más laxa en el control real de las poblaciones silvestres. Esa asimetría es la que convierte el riesgo en estructural. Porque cuando el virus circula a pocos kilómetros de zonas de alta densidad porcina, la pregunta ya no es si habrá un salto, sino cuándo y por qué punto débil.
El debate de fondo no es técnico, sino político. La gestión de la fauna salvaje, la caza, el control poblacional y la compatibilidad entre medio ambiente y economía real llevan años atrapados en una especie de parálisis ideológica. Hoy pagamos ese inmovilismo en forma de restricciones comerciales, incertidumbre para miles de ganaderos y una presión añadida sobre un sector que ya venía golpeado por los costes energéticos, los precios de los piensos y la volatilidad internacional.
Ni siquiera el porcino extensivo, históricamente más vulnerable, es ya un eslabón tan débil como en otros países. El ibérico al aire libre cuenta hoy con controles, vallados y protocolos que hace veinte años eran impensables. Pero ninguna explotación, por moderna que sea, es inmune si su entorno se convierte en un reservorio viral estable.
Gráfico 3: Peso de cada país europeo en la producción de carne de cerdo (2023)

Lo ocurrido en Barcelona no es todavía una catástrofe productiva. Es, de momento, una crisis comercial y de confianza. Pero su potencial de daño es enorme si el virus logra dar el salto a una sola granja intensiva. Entonces el sacrificio masivo, el cierre inmediato de mercados y el colapso de precios serían inevitables.
Gráfico 4: Evolución del ganado porcino y del porcino ibérico (1993-2023)

España llega a este nuevo episodio de la PPA mejor preparada que muchos de sus socios europeos. Pero no tan preparada como solemos creer. El verdadero blindaje no está solo en los protocolos internos de las granjas, sino en la capacidad del Estado para ejercer control real sobre su territorio. La PPA no entiende de planes estratégicos ni de discursos tranquilizadores. Solo espera un descuido más.







