Paradojas en el empleo en España

La evolución reciente del mercado laboral español ofrece una paradoja que debería preocuparnos bastante más de lo que parece. España ha conseguido reducir su tasa de desempleo por debajo del 10% por primera vez desde 2008, al tiempo que alcanza máximos históricos de ocupación. Sin embargo, detrás de estas cifras positivas persisten desequilibrios estructurales que cuestionan la capacidad de nuestra economía para generar empleo productivo y sostenible. El más llamativo es la coexistencia de cerca de dos millones y medio de desempleados con aproximadamente 160.000 puestos de trabajo sin cubrir.

Según la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre de 2026, España cuenta con 2.495.300 desempleados, después de una reducción trimestral de 213.300 personas. La tasa de paro se sitúa en el 9,87%, mientras que el número de ocupados alcanza los 22,8 millones. Son cifras que merecen una valoración positiva, pero que no deberían ocultar que España continúa siendo una de las economías europeas con mayores dificultades para absorber su población desempleada y, simultáneamente, para satisfacer determinadas necesidades de contratación de las empresas.

Una parte importante de la evolución reciente del empleo está relacionada con la incorporación de trabajadores extranjeros al mercado laboral. La EPA del segundo trimestre refleja un fuerte crecimiento de la población activa extranjera, acompañado de un aumento de 240.000 ocupados y una reducción de 106.700 desempleados de este colectivo.

Estos movimientos evidencian la creciente importancia de la inmigración para sostener la actividad económica, aunque conviene distinguir entre la incorporación de trabajadores extranjeros y los efectos específicos de los procesos de regularización administrativa. La primera es perfectamente observable en las estadísticas; atribuir toda su evolución a los segundos exige un análisis más detallado. En cualquier caso, la inmigración está desempeñando un papel cada vez más relevante en la expansión de la oferta de trabajo española, especialmente en determinadas actividades intensivas en mano de obra.

Pero el verdadero problema no es cuántos trabajadores se incorporan al mercado laboral, sino hasta qué punto sus capacidades y condiciones se corresponden con las necesidades del tejido productivo. España registra alrededor de 160.000 vacantes laborales, una cifra elevada en términos históricos, aunque su tasa de vacantes, cercana al 0,9%, sigue siendo muy inferior a la media comunitaria, superior al 2%. Esta comparación resulta especialmente reveladora. No estamos ante una economía caracterizada por una escasez generalizada de trabajadores, como sucede en otros países europeos, sino ante un mercado laboral incapaz de conectar eficazmente una parte de su oferta de trabajo con la demanda empresarial.

Las dificultades se concentran en sectores muy concretos. La sanidad necesita profesionales médicos, enfermeros y personal asistencial; la construcción acusa una escasez creciente de oficiales cualificados; la industria demanda perfiles técnicos; el transporte necesita conductores profesionales; y las actividades tecnológicas e ingenierías encuentran obstáculos para incorporar determinados especialistas. A ello se añade la hostelería, donde las dificultades de contratación responden también a la estacionalidad, la rotación y las condiciones laborales.

¿Cómo es posible que esto ocurra en un país con casi dos millones y medio de desempleados? La respuesta no está en una única causa, sino en la acumulación de varios fallos estructurales que llevamos demasiado tiempo sin corregir.

El primero es el desajuste entre formación y necesidades empresariales. Durante décadas hemos construido un sistema educativo que no siempre ha prestado suficiente atención a las competencias efectivamente demandadas por las empresas. Mientras determinados sectores no encuentran técnicos cualificados, una parte significativa de los desempleados carece de las habilidades necesarias para acceder a esos puestos. El resultado es una combinación económicamente ineficiente de desempleo persistente y oportunidades laborales desaprovechadas.

El segundo problema es territorial. Buena parte de las oportunidades de empleo se concentra en áreas metropolitanas, zonas industriales y destinos turísticos donde el coste de la vivienda se ha convertido en una barrera extraordinaria para la movilidad. De poco sirve que exista una oferta de trabajo si el salario no permite afrontar el alquiler o los costes de trasladarse al lugar donde se encuentra. La crisis de la vivienda ha dejado de ser exclusivamente un problema residencial para convertirse también en un obstáculo al funcionamiento del mercado laboral y al crecimiento económico.

El tercer factor está relacionado con las condiciones de contratación. En determinadas actividades, los salarios ofrecidos, la organización de las jornadas o la inestabilidad contractual reducen el atractivo de los puestos disponibles. Sin embargo, tampoco podemos ignorar que muchas empresas, especialmente pequeñas y medianas, operan con márgenes estrechos y bajos niveles de productividad. Pretender resolver todos los problemas de contratación exclusivamente mediante obligaciones regulatorias o incrementos salariales desvinculados de la productividad puede terminar agravando las dificultades que se quieren corregir.

A todo ello se suma el desempleo de larga duración, que erosiona progresivamente las capacidades profesionales y dificulta la reincorporación al trabajo. Y, sobre todo, unas políticas activas de empleo que siguen mostrando una eficacia insuficiente para orientar, formar y conectar a los desempleados con las oportunidades existentes. No basta con gastar recursos públicos en formación e intermediación: es imprescindible evaluar rigurosamente sus resultados.

La solución exige abandonar las respuestas parciales y abordar conjuntamente todos estos desequilibrios. Necesitamos una Formación Profesional mucho más conectada con las empresas, programas de recualificación verdaderamente útiles, servicios públicos de empleo evaluados por su capacidad efectiva de inserción y una política de vivienda que facilite la movilidad geográfica. También resulta imprescindible reducir el abandono educativo y mejorar las oportunidades laborales de los jóvenes, que continúan soportando tasas de desempleo extraordinariamente elevadas.

La inmigración puede contribuir a cubrir déficits persistentes de trabajadores, pero debe integrarse en una estrategia ordenada que tenga en cuenta las necesidades productivas, la formación y la capacidad de absorción de los territorios. No puede convertirse en el sustituto permanente de las reformas que necesita nuestro mercado laboral.

Y, por encima de todo, debemos situar la productividad en el centro del debate. Una economía más productiva puede pagar mejores salarios, ofrecer empleos más atractivos y sostener niveles de bienestar superiores sin perder competitividad. Sin mejoras de productividad, cualquier avance salarial duradero encontrará límites difíciles de superar.

España ha demostrado que puede crear empleo y reducir el paro. Pero el éxito de una economía no debería medirse únicamente por el número de ocupados, sino también por su capacidad para aprovechar el talento disponible, generar valor añadido y ofrecer oportunidades reales de progreso profesional.

La verdadera anomalía no es que existan vacantes mientras hay desempleados, algo inevitable en cualquier economía dinámica. Lo preocupante es que, después de tantos años, España siga sin disponer de los mecanismos necesarios para reducir eficazmente esa distancia. Celebrar que el paro haya bajado del 10% está justificado. Conformarse con ello sería un grave error.