Diez años de una aventura fallida para británicos (y europeos)

Se cumple una década desde que una estrechísima mayoría del pueblo británico refrendó la salida de su país de la Unión Europea. No fue hasta cuatro años después (31 de enero de 2020, al filo de la pandemia) cuando la ruptura fue formalmente hecha (después de las negociaciones que establecía el artículo 50 del Tratado de la Unión) y meses después se consiguió un acuerdo in extremis, con la pandemia de por medio y bajo la amenaza de un “Brexit duro” que suponía la ruptura total de relaciones comerciales, financieras, laborales…

Los amables lectores de esta newsletter semanal me permitirán (eso espero) hacer una reflexión mezclando lo personal con la constatación de los hechos, puesto que es un país al que estoy unido por fuertes lazos no sólo personales sino también profesionales. Desde el 23 de junio de 2016, Reino Unido no ha vuelto a ser lo mismo. Ni la Unión Europea tampoco. Un país capital en la construcción de la Europa occidental, de las mayores economías del mundo, con un ejército poderoso y un pasado de enorme relevancia, ha quedado sumido en una profunda crisis no sólo política sino, lo que es peor, social. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que es una sociedad sin rumbo ni criterio.

Una nación condenada a sobrevivir económicamente habiendo roto puentes esenciales con otros países (el caso de Estados Unidos), con una inflación enquistada que no hay forma de resolver, una penalización cada vez mayor al trabajo y al ahorro (desde los gabinetes conservadores hasta el último del laborista Starmer, dimitido recientemente y hoy en funciones), una gestión desastrosa de la pandemia (¡por cierto! Casi idéntica a la de España en caída del PIB), graves problemas de gestión de infraestructuras sobre las que no hay inversión y, muy especialmente, un problema cada vez más serio de convivencia social y seguridad, que es lo que ha provocado la caída de Starmer.

Después del éxito del referéndum en Escocia, el entonces primer ministro David Cameron convoca elecciones y lleva como uno de sus puntos fuertes programáticos convocar una consulta sobre la permanencia de UK en la UE. Gana por mayoría absoluta, uno de los mejores resultados del Partido Conservador desde los tiempos de Lady Thatcher. Esto le envalentonó y convocó el referéndum un año después bajo el convencimiento de que no iba a ganar el “Leave” (marcharse) y que sería una forma de reforzar su posición negociadora en Bruselas frente al eje francoalemán, donde UK hizo un papel muy positivo de contrapeso a finales de los ochenta y durante toda la década de los noventa en los diferentes pasos de integración europea (léase, por ejemplo, el discurso de Thatcher ante el Colegio de Europa en Brujas en 1987).

En aquel momento, un servidor vio argumentos poderosos y positivos para la salida de Gran Bretaña de la Unión, en tanto en cuanto la hipertrofia regulatoria inglesa venía determinada, en su gran mayoría, por el tsunami normativo que venía de los colegisladores europeos. Un momento de extraordinaria fortaleza de la libra esterlina frente a euro y dólar, unas cifras razonables de PIB, empleo, inflación y saldo exterior. En un país de Derecho consuetudinario y una Constitución no escrita, nunca hemos terminado de ser conscientes del shock que supone legislar en más del 80% por trasposiciones de Directivas europeas o aplicaciones inmediatas de Reglamentos UE. Por ello, UK, con las reformas adecuadas simplificando todo el corpus normativo bruselense, podía convertirse en una máquina económica muy potente reconfigurando su relación con la UE.

Lejos de esto, el Reino Unido “independiente” de la UE se ha convertido en un país hostil a la libertad de comercio, empresa y de personas. Todo aquello que se le achacaba a la UE ha terminado siendo peor con los sucesivos Primeros Ministros que han pasado por el 10 de Downing Street. El Parlamento ha girado hacia posiciones extremas, incluso con mayorías amplias como la que obtuvo el Partido Laborista en las últimas elecciones. Hasta incluso el problema de los nacionalistas escoceses ha escalado en intensidad. Quizá el único aspecto en términos de soberanía donde han conseguido un resultado mejor que durante la permanencia en la UE es con sus territorios ‘offshore’ en la UE como es el caso de Gibraltar.

El Brexit no provocó un colapso macroeconómico británico, pero sí deterioró su frontera de crecimiento. Hoy combina menor crecimiento potencial, inversión empresarial débil, más coste de financiación, más deuda y pérdida de intensidad comercial. Para un país que votó Brexit prometiendo soberanía económica, dinamismo global y mayor margen fiscal, el balance macro de diez años se parece más a una pérdida de capacidad que a una recuperación de control. Y esto, más allá de pandemias, guerras y otros shocks externos, se debe en un alto grado a un deterioro político que se ha trasladado a la calle, y no al revés.

La comparativa de cifras macro deja poco lugar a dudas entre cómo era la economía británica en 2016 y cómo es hoy bajo las últimas estimaciones publicadas por organismos internacionales. Pasarán años para que esta brecha estructural se cierre y, ya veremos si en un futuro, no termine por volver a llamar a la puerta de la UE para pedir el reingreso. Ahora mismo es mucho más importante reequilibrar las relaciones comerciales, hacer las reformas estructurales necesarias en la interna y, con ello, coger la fuerza suficiente para afrontar los problemas de medio-largo plazo.

 

Variable UK 2016 2026 / último dato Lectura
PIB real crecimiento aún cercano al 2% FMI: 0,8% en 2026 Menor dinamismo tendencial
Inflación IPC muy bajo, 0,3% en mayo de 2016 FMI/OECD: 3,2% en 2026 Más presión de precios y tipos
Paro En torno 5% OBR: pico previsto de 5⅓% en 2026 No hay crisis laboral, pero sí enfriamiento.
Tipo oficial BoE 0,5% antes del referéndum; 0,25% después 3,75% Dinero más “caro” para poder embridar la inflación.
Deuda pública neta elevada, pero por debajo del nivel actual 95,1% del PIB en mayo de 2026 Restricción fiscal mucho mayor
Inversión empresarial crecía con fuerza en 2016 +0,7% trimestral en T1 2026, pero –1,8% interanual Punto débil clave del Brexit
Productividad / PIB potencial problema previo, pero sin ruptura comercial OBR (Office for Budget Responsibility) mantiene que Brexit reducirá productividad un 4% a largo plazo No muy distinto a otros países europeos, pero estimando una caída mayor
Comercio plena integración en mercado único OBR asume comercio 15% menor a largo plazo por Brexit Fricción estructural, no shock puntual